MI DEUDA ESTÁ CANCELADA
MI DEUDA ESTÁ CANCELADA
Cuando eres deudor y debes mucho dinero
al banco, sufres y no sabes cómo pagar. Esa deuda no te deja en paz, no puedes
dormir bien, ni puedes comer a gusto. Tu vida se convierte en una verdadera
pesadilla… De repente, tocan la puerta y es un hombre con uniforme blanco y en
su gorra dice: “Cartero”. La tarea de los carteros es entregar la
correspondencia, pueden traer buenas o malas noticias. En eso, te entrega un
documento y recibo para firmar. Este mensajero, te dice: “tu deuda está
cancelada”. En ese omento, ¿Cómo reaccionas? ¿Qué le dices al mensajero? ¡Sin
palabras! ¿Verdad? Seguro que preguntas: ¿Quién pagó mi deuda? El mensajero te
dice: “Quien pagó, es un amigo tuyo, que te aprecia mucho”… Seguro que la
alegría te embarga todo tu ser, te preparas para darle gracias, hacerle fiesta
y honores respectivos.
En la historia de la humanidad, eso es
lo que ha hecho Jesucristo por cada uno de nosotros. Colosenses 2:14, dice: “Dios
anuló el documento de deuda que había contra nosotros y que nos obligaba; lo eliminó clavándola en
la cruz.”… Cuenta la historia:
En el principio, el hombre vivía en buena relación con Dios, tenía paz. Pero,
un día cayó en pecado, se alejó totalmente de Dios, y desde ese momento todos
los seres humanos somos pecadores y deudores ante Dios, condenados al castigo
eterno (Romanos 6:23)… A pesar que el hombre no quiere saber nada de Dios, Él
ha estado buscándonos de diferentes maneras; pero, el hombre se alejaba más y
más (Romanos 3:10-12). Dios en su infinita misericordia decidió enviar a su
único Hijo (Juan 3:16), para morir en la cruz y sufrir el castigo, en nuestro
lugar. PAGÓ LA DEUDA, somos libres y tenemos nuevamente buena relación con
Dios: “Jesús soportó la cruz, sin hacer caso de lo vergonzoso de esa muerte,
porque sabía que después del sufrimiento tendría gozo y alegría; y se
sentó a la derecha del trono de Dios.”
(Hebreos 12:2)…
Quiero que viajes imaginariamente hasta
el cerro del Gólgota, estás presente en el momento crítico de la historia de la
humanidad. Imagínese los clavos en las manos y los pies, la corona de espinas,
la sangre brotando de las heridas, el dolor insoportable en todo el cuerpo por
la flagelación de los soldados romanos. ¿Podrías decirme en su cabalidad, el
dolor y sufrimiento que pasó Jesucristo? Es imposible sentir el mismo dolor
¿Verdad? Nosotros teníamos que sufrir ese dolor… Pero, Él lo hizo
voluntariamente para que nosotros no pasemos por ese horrible episodio.
Nuestras deudas están canceladas, podemos gozar nuestra libertad sin pagar
nada.
A través de toda la historia de la
humanidad, desde la creación del universo hasta ese momento del sacrificio,
vivieron hombres fieles que creían en Dios, aunque todos los demás hombres los
abandonaban, Dios siempre estaba presente con ellos, aún en el momento de la
muerte. Pero en esta hora de tinieblas totales, Cristo no tuvo ni siquiera ese
consuelo.
Sin mucho pensarlo, la gente habla del
“infierno”. Para Jesucristo, la cruz se volvió el infierno. Dios cubrió su
rostro, tapó sus oídos, y serró herméticamente las puertas del juicio, ¡puro y
completo juicio! Es que la cruz reemplazó el infierno que todos merecemos.
Es cierto que a veces sentimos la
ausencia de Dios en la vida pero la verdad es que Dios está siempre presente
con nosotros. Esa ausencia total la experimentó Jesucristo. Descendió al último
lugar del abismo sin fondo, separado de la presencia de su Padre. Y lo hizo
solo, ¡totalmente solo!… para que nosotros jamás estuviéramos solos.
De ahí que nuestras alternativas se
hacen simples. Podemos rechazar al Cristo de la cruz y gritar por toda la
eternidad: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mateo 27:46). O la única otra
alternativa es dejar que Cristo exclame esas palabras terribles por nosotros.
Es la única forma de no tener que decirlas nosotros mismos algún día.
Apreciado amigo, cada año en la Semana
Santa, recordamos la obra redentora de nuestro Señor Jesucristo, Él hizo una
obra completa para nuestra salvación, lo hizo porque nos ama (Juan 3:16). Él
está ahí a tu lado. Si supieras cuánto te ama, no dudarías ni un segundo para
acercarte sin prejuicios.
Lo que puedes hacer en este momento es,
abrir tu corazón en el lugar donde te encuentras, para decirle: “Señor
Jesucristo, gracias por este sacrificio. Reconozco que te he olvidado y soy
pecador. Perdóname, abro mi corazón, te recibo como mi único salvador. Amén” Si has hecho esta pequeña oración, has
nacido de nuevo y has dicho ¡Sí! A la obra redentora de Jesucristo. Eres libre
y perdonado. Él estará a tu lado por siempre. Ahora, Jesucristo te dice estas
palabras: “Te amo. Eres mi hijo amado. Hoy eres libre, ya no sufrirás este
castigo, Yo he sufrido el “infierno” por ti” (Jesucristo).
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