EL REGALO DE MI MADRE
EL REGALO DE MI MADRE
Introducción.
Hoy no quería dejar pasar una fecha tan significativa. ¿Por qué no dedicarles unas líneas a las mamás en su día? Para todos nosotros, el Día de la Madre es, sin duda, uno de los momentos más importantes y especiales del año.
Por lo tanto, pedí a mi hijo que escribiera algo para este día especial y me sorprendió con una hermosa reflexión. A continuación, comparto con ustedes este hermoso artículo, titulado: “El regalo de mi madre”:
Hubo una época de mi vida donde un sueño que se convertía en pesadilla perturbaba mis noches, lo recuerdo bien, porque despertaba llorando inconsolablemente, el sueño era recurrente. Al despertar lo primero que hacía era buscar a mi madre, porque lo único que me tranquilizaba era su abrazo y sus palabras.
Estar en sus brazos era el alivio que calmaba todo temor y sentía que nada podía hacerme daño, pero pensar en que, en algún momento de mi vida ya no los pudiera tener, me llenaba nuevamente de temor y miedo, “no me dejes nunca mamá, nunca me faltes”. creo que es el miedo que todos tenemos, algunos más, algunos menos, pero todos pasamos por ese momento de temor de perder a nuestra madre.
Pero en ese tiempo mi amada madre me dejaría un mensaje que traería paz a mi corazón por el resto de mi vida; en ese momento no lo entendía hasta pensaba que mi mamá era muy dura con sus palabras, pero ahora que estoy rozando los 50, lo recuerdo con mucho amor, porque con el paso de los años la pesadilla desapareció y la promesa de mi madre comenzó a hacerse fuerte en mi corazón, es el regalo más grande que una madre puede dar a sus hijos, y lo atesoro con toda el alma.
La última noche de las pesadillas lo recuerdo muy bien, porque esa noche fue donde el mensaje llegaría con más fuerza, “Hijo no llores más, algún día te faltare es ley de la vida, así como llegamos también nos tenemos que ir, y un día aunque no queramos ya no estaré a tu lado, pero hay una promesa grande hijito, nos volveremos a encontrar en la presencia de nuestro salvador Jesús, los que creemos en Él, la vida solo es pasajera, a nosotros nos espera la vida eterna y ahí estaremos nuevamente juntos dando gracias a nuestro creador”
El regalo más grande que me dio mi madre es la Fe en mi salvador, aunque muchos años me alejé, quizá porque no comprendía por la locura de la edad, pero en mi mente siempre ha estado presente la promesa “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su único hijo, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda más tenga vida eterna en Cristo Jesús” (Juan 3:16), lo comparto ahora con todo el orgullo del mundo y le agradezco a Dios por darme a la madre que tengo, ella se llama Pastora Ojeda Álvarez, el mejor regalo que Dios me ha dado junto a mi Padre René Villegas Camacho, quienes nunca dejaron de creer en mí, quienes hasta el momento no dejan pasar un día sin pedirle a Dios por mi vida.
Si eres una madre de un chiquito que al despertar llora porque tiene miedo de perderte, el mejor consuelo y el mejor regalo que puedas darle es el amor a nuestro Creador y Salvador.
Su servidor: B. Orlando Villegas Ojeda
Viendo esta hermosa experiencia de mi hijo, viene una pregunta que sacude el alma de cualquier ser humano: ¿Puede una madre olvidar a su niño de pecho? (Isaías 49:14). Esta pregunta viene de parte de Dios para sus amados hijos que se sienten desamparados.
Es una pregunta que, de entrada, nos conmueve el corazón. En nuestra experiencia humana, el vínculo o la relación entre una madre y su hijo es el símbolo más grande y fuerte del amor incondicional que conocemos.
El “Día de la Madre”, no solo se debe celebrar como un rol social, sino se debe celebrar para honrar una vocación que Dios mismo utiliza para hacernos saber, que el amor de Dios es similar al amor de una madre por su hijo y también para conocer quién es Dios para nosotros.
El profeta Isaías nos dice que esta pregunta se lanza en un momento de sufrimiento del pueblo de Israel. Ellos estaban en el exilio, quien sabe sufriendo; por eso ellos se sentían abandonados, gritando por el sufrimiento: “El Señor me ha dejado, mi Dios se ha olvidado de mí”. (Isaías 49:14). Y ahí es donde Dios responde poniendo el ejemplo de la ternura de una madre.
I. El instinto más fuerte de la creación.
Leamos nuevamente la primera parte de nuestro texto (Isaías 49:15):
“¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre?”
Como cristianos creemos en un Dios amoroso y misericordioso, creemos que las estructuras de la vida, como la familia y la maternidad, son "símbolos del amor de Dios". Dios actúa detrás de una madre que alimenta, consuela y protege para cuidar de Su creación.
El consuelo físico: Así como una madre no puede ignorar el llanto de su bebé porque su propio cuerpo reacciona a ese llamado, Dios nos dice que Su respuesta a nuestro dolor no es lento y moroso; es una respuesta inmediata, no soporta ver sufrir a sus amados hijos, a Su propio ser.
La compasión: En hebreo para compasión o misericordia, comparte la misma raíz que la palabra “vientre” o sea, somos creación especial, somos de su mismo ser. Cuando Dios dice que Él tiene compasión de nosotros, nos está diciendo que nos ama con un amor maternal, entrañable y protector.
Sin embargo, hermanos, debemos ser honestos. Vivimos en un mundo caído. Isaías añade una frase corta pero devastadora:
"Aunque se olviden ellas..."
Como pastor, sé que este día no es igual de alegre para todos.
Hay quienes hoy lloran a una madre que ya partió a la presencia del Señor.
Hay quienes sufren porque la relación con su madre está rota o marcada por el dolor.
Hay madres que cargan con la culpa de sus errores o el peso de la imperfección humana.
La Escritura reconoce que incluso el amor más puro de la tierra puede fallar porque somos seres humanos pecadores. Pero aquí es donde entra la Promesa: el amor de Dios es el fundamento que lo sostiene. Si una madre en el extremo de la fragilidad humana llegara a olvidar, Dios no lo hará.
III. Tatuados en las palmas de Sus manos.
Si seguimos leyendo el versículo 16, Dios nos da la prueba definitiva: “He aquí que en las palmas de las manos te tengo esculpida”.
Para nosotros, los cristianos, esta imagen cobra un sentido profundo cuando miramos la Cruz. ¿Cómo sabemos que Dios no nos ha olvidado? Porque Su Hijo, nuestro Salvador, lleva las marcas de los clavos en Sus manos por la eternidad.
Esas cicatrices son el recordatorio eterno de que Dios prefirió sufrir el abandono en la cruz para que nosotros nunca tuviéramos que ser abandonados.
En el bautismo, Él ha grabado nuestro nombre en Su corazón, es el nuevo pacto en la muerte de su Hijo Jesucristo.
IV. La vocación de la madre: Un reflejo del Evangelio
Hoy honramos a las madres no porque sean perfectas, sino porque su servicio es un ministerio diario de la gracia.
El sacrificio silencioso: Al igual que Cristo dio Su cuerpo por nosotros, una madre entrega su cuerpo, su tiempo y su energía por sus hijos. Eso es el Evangelio en acción.
El perdón constante: Una madre es a menudo la primera persona que nos enseña qué significa ser perdonado setenta veces siete.
La Palabra en el hogar: Recordamos a las madres y abuelas (como Loida y Eunice en la Biblia 2 Timoteo 1:5) que son las primeras en sembrar la semilla de la fe en el corazón de los niños.
Conclusión: Un amor que no nos suelta
Queridas madres: gracias. Gracias por ser el rostro visible del cuidado de Dios. No lleven hoy la carga de la "perfección", sino descansen en la gracia de aquel que las sostiene.
Queridos hijos y hermanos: miren hoy a sus madres y vean en ellas un recordatorio de que no estamos huérfanos en este mundo. Y si hoy te sientes solo, recuerda la promesa inquebrantable de tu Padre Celestial:
“Yo nunca me olvidaré de ti.”
Que este Día de la Madre sea una celebración de la fidelidad de Dios, que nos amó primero, que nos dio la vida y que nos sostiene con un amor más tierno que el de una madre y más fuerte que la muerte misma.
Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guarde sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús para vida eterna. Amén.
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